Llevaba años contemplando la imagen que me observaba del otro lado, invitándome a pasar. He atravesado el espejo. Hacerlo me ha constado vencer la voz que soy yo, aquella que da nombre a los confines de mi universo. La misma que me repitió durante años que un espejo es sólido, que al otro lado no hay más que esta misma realidad y, lo que es peor, que al cruzarlo lo haría añicos u me heriría de forma dolorosa sin remedio. Me ha llevado todo este tiempo reunir el ánimo para desafiarme a mí misma, para desafiar todo aquello que considero cierto y me mantiene cuerda. Pero esa mirada constante al otro lado ha terminado por vencer mis dudas. Esos ojos color miel, avellana, girasol. Esos ojos que relucen al sol y su vuelven azules cuando la luz eléctrica incide en ellos en un determinado ángulo cuya medida desconozco y que, en realidad, siempre me pareció más magia que ciencia. O, al menos, en igual medida. Un día la idea pareció tener sentido. Lógica, incluso. Supongo que había es...