Llevaba años contemplando la imagen que me observaba del otro lado, invitándome a pasar. He atravesado el espejo. Hacerlo me ha constado vencer la voz que soy yo, aquella que da nombre a los confines de mi universo. La misma que me repitió durante años que un espejo es sólido, que al otro lado no hay más que esta misma realidad y, lo que es peor, que al cruzarlo lo haría añicos u me heriría de forma dolorosa sin remedio.
Me ha llevado todo este tiempo reunir el ánimo para desafiarme a mí misma, para desafiar todo aquello que considero cierto y me mantiene cuerda. Pero esa mirada constante al otro lado ha terminado por vencer mis dudas. Esos ojos color miel, avellana, girasol. Esos ojos que relucen al sol y su vuelven azules cuando la luz eléctrica incide en ellos en un determinado ángulo cuya medida desconozco y que, en realidad, siempre me pareció más magia que ciencia. O, al menos, en igual medida.
Un día la idea pareció tener sentido. Lógica, incluso. Supongo que había estado yendo en esa dirección durante todos esos años. Fue un instante de serena determinación. Crucé al otro lado sintiendo que me dejaba caer en la reluciente superficie de una charca cristalina y cálida.
Observando desde aquí a la persona que me contempla desde el otro lado entiendo que la leyes que gobiernan nuestras mentes son en gran medida una ayuda que buscamos para no tener que cuestionarnos cada paso, porque nos da miedo y ansiedad aquello que desconocemos (a algunas de nosotras, al menos). Sin embargo, no hay nada que temer. Sé esto porque al otro lado del espejo no hay miedo, solo posibilidad, y la certeza de que el tiempo no es infinito y la vida es una.
Esto no se lo puedo contar con palabras a la persona del otro lado del espejo pero intento hacérselo saber cuando fijo confiada mi mirada en esos ojos color miel, avellana, girasol.
Comments
Post a Comment